el peinenavaja

La escuela y la convivencia

Se inicia el año escolar y es un momento oportuno para repasar algunas cuestiones que hacen a la dinámica cotidiana de las escuelas. La convivencia es uno de esos temas que nos pone en tensión fundamentalmente frente a nuestras experiencias disciplinarias de las épocas en que fuimos estudiantes.

Después de treinta y siete años, un día del mes de Febrero me reencontré con mis dos preceptores de la secundaria: “el Cheru” y “el Gordo”. Después de los saludos y abrazos repasamos los apellidos de los compañeros de aquel quinto año bachiller promoción 1983, y casi en simultáneo con los apellidos se disparaban algunas anécdotas de aquel curso, en su totalidad de varones. De inmediato afloró en mi memoria el episodio del “Peinenavaja”.

La institución siempre había sido bastante tolerante con el uniforme y la presentación general; a la distancia, creo que se habían rendido en la insistencia. Eran épocas de zapatos, pantalón gris de vestir, camisa blanca, corbata azul y blazer o saco azul con el escudo de la escuela en la solapa.

El cabello… el cabello siempre era un tema con relación al criterio del largo.¿Qué era largo para nosotros y para la institución?

Como una constante en la escuela secundaria, la autoridad recaía para estos casos en los preceptores. Aquel día el Cheru y el Gordo estaban con los cables pelados, seguramente habían recibido algún llamado de atención, así que controlaban uno por uno a los alumnos en la entrada, miraban el uniforme y que el cabello no tocara el cuello de la camisa. Me pregunto cuál era el sentido, la relación entre cabello y cuello de la camisa con la pedagogía, la didáctica y el conocimiento. Con todo el sin sentido, me parecía más comprensible para el pelo sobre la cara; pero en esa época, a pesar que la Dictadura se estaba despidiendo, la norma estaba para cumplirla, no para cuestionarla.

Cheru y el Gordo estaban desconocidos: serios, con el rostro adusto; eran protagonistas principales de la normativa disciplinaria. Como consecuencia del incumplimiento aplicaban el descarte: vos no entrás, pasá, vos sí, vos no. Se escuchaban algunas exclamaciones: pero Cheru, nooo!!!  Y nada más: pegaban la vuelta y salían de la escuela. Algunos se resistían un poco más, hablaban de injusticia, autoritarismo, hasta se escuchaba la palabra dictadura; otros tarareaban “Se va acabar!, se va acabar!”.

Entonces el Cheru llegó hasta mí, me miró de reojo, se asomó inclinando levemente su cabeza para ver el cuello de mi camisa y me dijo: “No entrás, Videla”. Sin reclamo ni canción, pegué media vuelta y en silencio caminé las dos cuadras que había de la escuela a mi casa.

Entré y me zambullí en el baño: allí estaba ese aparato llamado “Peinenavaja”, un peine plástico que se abría y al que se le colocaban dos Gillettes. Luego, como peinando, se iba cortando el pelo. Claro, no sólo cortaba, también arrancaba y mordía. Me mojé la nuca, tomé el artificio justiciero capilar y me lo pasé por la zona sancionada dos o tres veces. Después controlé con un espejito la obra/sacrificio realizada y constaté con alegría que ya no tocaba el cuello de la camisa.

Entonces volví a la escuela. Tengo un pelo enrulado, que crecido se eleva quedando bastante “esponjoso”, así que no es difícil imaginar que luego de la intervención, casi quirúrgica, mi cabeza había quedado como un pan dulce. Con los pocos pelos que me quedaban en la húmeda nuca regresé, toqué la puerta y salió el Cheru sin emitir palabra. Le mostré la nuca y con una sonrisa en su rostro me dijo “pasá”.

Llegué al curso donde había sólo seis sobrevivientes de la normativa del día (éramos veinte compañeros en total). Cuando entré me aplaudieron. Nunca más durante ese año nos llamaron la atención por el cabello que tocaba el cuello de la camisa.

Hoy, casi cuarenta años después, sigo sin poder dilucidar cuánto más conocimiento podrían haber agregado unos centímetros más o menos de cabello…

 

Osvaldo Videla_300
Autor: Osvaldo Videla Dicalbo
Licenciado en Educación


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